Cierto día, un anciano cuyos pasos lentos entorpecían el veloz caminar de un joven príncipe, le pidió al joven que le ayude a cruzar al otro lado del río, por el puente más antiguo del lugar. El muchacho miró al viejo y sintió pena por él, subestimando su racionalidad, le ofreció ayuda solo si accedía a cruzar por el puente nuevo que era seguro, confiable y más rápido. Pero el anciano negó con su cabeza y continuó su lento andar por entre los verdes pastos de la comarca. El príncipe se disculpó insistiendo en que tenía mucha prisa y no podría demorarse en cruzar por aquel puente solo para consentir un capricho del anciano. Se alejó así el joven muy rápidamente, pensando en la petición del anciano. El viejo continuó su camino, ya a muy pocos metros del colgante puente de madera, con la intención de comenzar el cruce y justo antes de apoyar el primer pie en las maderas, escuchó la voz de aquel muchacho advirtiéndole que el puente podría quebrarse y caer al río. Al voltear el anciano, se encontró con el príncipe curioso, que retornó para ayudarle.
-Sé que has venido por curiosidad y no por solidaridad- Exclamó el anciano muy calmado.
-Así es, también me ha traído la culpa por si algo le sucediera- contestó el muchacho.
-¿Y tu urgencia?- Sugirió el viejo astuto.
-Puede esperar- Respondió el joven fríamente.
El anciano se apoyó en el brazo del muchacho y lentamente comenzaron el cruce sobre el puente colgante. En cada paso las maderas crujían y algunas hasta se quebraban dejando el rápido caudal del río a la vista. También a medida que avanzaban se podía escuchar el sonido de la hermosa naturaleza que los rodeaba, mientras el puente tambaleaba de un lado a otro, despertando la incertidumbre, generando adrenalina y dejando al descubierto el riesgo asumido. Ya en la mitad del camino, ambos se sentían seguros y hasta se animaron a detenerse a contemplar unos instantes la puesta del sol sobre las transparentes aguas. A medida que se acercaban al final del trayecto, el caminar se hacía más lento, los sentidos se afinaban aún más y el vértigo parecía excitante. Al terminar de cruzar, la sensación fue indescriptible, el príncipe experimentó la misma sensación que al ganar su infinidad de batallas, el anciano sonrió y agradeció al joven por su compañía. Sabía que el muchacho no se adelantaría sin hacer aquella pregunta, entonces decidió responderla antes de que pudiera formularla.
-El puente que cruzamos es el puente de la vida. Sabemos que es inseguro, y nos da miedo, porque al nacer al mundo, todos tememos y debemos caminar de la mano de otros, por eso cuando comenzamos a cruzar, nos aferramos a las barandas de soga como si fueran la única esperanza de llegar al final sanos y salvos, aunque sabíamos por dentro que las sogas no nos salvarían de un derrumbe. Y a medida que fuimos avanzando, aprendimos a apreciar el camino, a disfrutarlo soltándonos, a contemplar el ocaso y a darnos tiempo en el recorrido. Cuando vimos que el final se aproximaba, intentamos disfrutarlo cuanto pudimos, olvidando los riesgos, dando pasos cortos muy despacio. Al llegar al otro lado nos sentimos satisfechos y apreciamos en instantes nuestro esfuerzo. Como soy un anciano y muy pocas horas de vida me quedan, quise cruzar este puente, para recordar lo hermoso de la vida, para tener presente lo frágil que es y lo bello de transitarla. Muchacho, tú apenas has comenzado a cruzar el puente, nunca te arrepientas de hacerlo.- Finalizó el viejo recostándose en el césped.
El joven agradeció al anciano sus sabias palabras y se sintió dichoso de haber regresado para acompañarlo, pues esta sencilla experiencia, le dejó la más sabia enseñanza de su vida.